Nunca viví el acoso sexual en carne propia. Sin embargo, sí vi el poder mal ejercido en múltiples formas: normalizado, justificado y repetirse sin consecuencias.
Recuerdo un director que maltrataba con frialdad a quienes no le agradaban y usaba gestos sexuales grotescos como mecanismo de humillación. Nadie decía nada. Eran otras épocas, o eso queríamos creer.
La norma no basta
Las leyes han avanzado y Colombia cuenta con un marco que reconoce el acoso sexual como una violación grave de derechos. Pero la norma no transforma conductas por sí sola.
Persisten entornos donde el silencio protege al agresor, bromas y gestos que se minimizan, y relaciones de poder en las que la necesidad económica limita la denuncia. No ocurre solo en los medios: aparece donde una jerarquía confunde autoridad con permiso.
No basta con indignarnos por momentos: una cultura cambia en lo que deja de tolerar y en lo que decide no volver a ocultar.
La transformación debe empezar en la casa, continuar en la educación y llegar a todos los ámbitos. Este tipo de violencias se cultiva en lo íntimo de nuestra idiosincrasia, en aquello que decidimos no ver.