El Principito tenía razón con los baobabs: había que arrancarlos cuando apenas empezaban a crecer, porque si uno los dejaba avanzar terminaban rompiendo el planeta.
Las empresas también tienen sus baobabs: pequeños conflictos no resueltos, conversaciones aplazadas, malos hábitos y desórdenes que parecen insignificantes.
Al principio no parecen graves. Pero cuando se dejan crecer, terminan ocupándolo todo.
La disciplina no siempre consiste en hacer grandes cambios; a veces consiste en arrancar los baobabs a tiempo.